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Insomnio de la sombra

Tan sólo en una semana, Samuel había robado una cartera de una anciana en el camión, a unos niños gordos que jugaban canicas y a un limosnero de la parroquia del señor de Villaseca. Su vida, a la sazón, estaba a punto de la quiebra.

Pero tuvo una corazonada; la latida de la buena suerte sacudió el cuerpo cuando miró la vieja casona en tinieblas. Ningún auto fuera. La ocasión era divina. Con ventaja. De cerca notó que la cerradura estaba sin seguro. Al entrar en la mansión, observó que no había perros guardianes. El azote de nervios entrecortaba la respiración. Grillos nocturnos, aves salpicando ruidos espaciados. Sus zapatos rechinaban cuando plantaba el pie izquierdo sobre el piso.

Miró una luz al fondo y tembló nervioso. Ya había pasado medio laberinto y no podía renunciar. Escuchó risas neuróticas, llantos sometidos a una voz de hombre que charlaba por teléfono. Era una conversación entrecortada que remolcaba sílabas desesperadas: –Si, claro. Sólo me abandonas. Por qué quieres; yo te daba todo. ¡Perra! No me dejes.

Pensó en dejar todo para otra ocasión. A su edad la ciática le impediría correr. Era el momento que lo deslizaba de victimario a víctima en túnel resbaladizo, viejo y corto. Pensó rápido y quiso arrebatar lo que fuera para pagarse la cena y salir con saldo blanco entre la neblina de la calle. De soslayo miró los objetos que adornaban la sala. Su vista quedó anclada en un maletín negro. Ya con eso valía la pena. Un objeto discreto, manual, de acuerdo a su traje negro y la corbata roja. No se imaginaba salir con un jarrón o un cenicero de cristal cortado. Samuel aceleró el paso. Llegó hasta el maletín que se hallaba debajo de un cuadro; “La nave de los locos, del Bosco”. La pintura estaba iluminada por un reflector indirecto. La miró y le causó un pasmo inmediato. Un ser escondido en la copa de un árbol le produjo asco. La cabeza parecía una gran bola amarilla, como un fruto a punto de caer. Pero lo que más lo cautivó fueron las cuencas de los ojos. Unas cavidades sin mirada. Un vacío tan profundo que lo electrizó.

Tomó el portafolio rígidamente con su mano. Escuchó venir los pasos de la voz que había sostenido charla triste. Desde la senda opuesta del pasillo observó la silueta. El figurín caminó parapetándose entre los muebles. Samuel quedó petrificado. Apenas pudo empuñar el maletín con un movimiento androide. La luz mostró a un hombre entrado en años, calvo, que cubría sus ojos con unos grandes lentes. Se acercó titubeante; con una mano secaba las lágrimas y con la otra sujetaba un bastón.

Paralizado, Samuel tuvo una punzada en el ojo. Era como una daga que le partía la córnea y en un reflejo se echó la mano la cara. Talló la cuenca ocular y el dolor fue desvaneciéndose. El viejo notó un movimiento entre las sombras y descubrió al ladrón a la deriva, en el pasillo, quieto, como si una resina lo fijara al piso.

Mirándose los dos viejos en la altivez de sus años, se lanzaron penosamente a la batalla. Samuel sacó de sus ropas una daga. El hombre empuñó el bastón como espada. La bruma de la casa comenzó a caerles a plomo.

El primer embate fue un choque de carros. Samuel alzó el maletín, usado como escudo y detuvo un fuerte palazo que disparó aquel viejo. Olía a rabia. El siguiente bastonazo atinó las costillas. Pero el envión fue agotador para el viejo contrincante. Samuel, combatiente de mil guerras, al salir de la escaramuza escurrió el cuchillo en el pecho y el puñal se entibió contra la carne magra. La luna colgaba entre las ramas de un árbol. Todo lo demás se convertía en sombras chinescas. Estantes de la memoria que más vale olvidar. Pensó Samuel. Ladrón de oficio. Ladrón de arma blanca.

Las piernas del hombre se doblaron con todo el peso de la muerte hasta dejarlo tendido en el suelo y vencido a su mala suerte. Samuel salió sofocado hasta el porche.

Entre la espesura del jardín recibió dos ramalazos fuertes en la mejilla con un rosal. La neblina de la calle lo oprimió y pudo escapar. Fue como trasladarse en un fade out de una película de Fellini hasta su cuartel, una vieja casona al sur de la ciudad. Colocó el botín en la mesa del recibidor y se apresuró para llegar al baño. Frente al espejo identificó los ardores del raspón. Era una herida apenas perceptible, pero ardiente.

Echó su cuerpo en el sillón. Alcanzó una botella de güisqui y en un vaso polvoriento vertió el líquido. Ese fue el momento en el que se percató de una larga mancha en su pantalón que nacía desde la cremallera y escurría hasta difuminarse a la altura de las rodillas. Era sólo el espanto.

Otra vez un rayo eléctrico saltó de su cerebro y se esparció por la córnea. Bebió el trago de un solo golpe. Todas las veces que había atracado tuvo saldo blanco. Con pesar, supuso que a ese hombre, podía haberlo noqueado, pero decidió herirlo de muerte en un remate de orgullo o miedo. Quizá por el miedo. El miedo actúa simplemente como una bala que sale del cañón de la pistola de un loco.

Miró el maletín. Un maletín que representaba la vida entera. Respiraba con gran alivio. La relajación de la adrenalina lo dejó tendido en el primer grado del sueño.

En una nube de pensamientos, Samuel se fue trepando hasta quedarse dormido por una hora.

Cuando Samuel abrió sus ojos muertos ya no pudo ver nada. Oscuridad. Vacío. Como un sueño del que no se puede despertar. Negro. Quiso encender la luz de su lámpara de noche pero no encontró el apagador. La luz estaba encendida. Se llevó las manos a la cara. Sabía que sus dedos quedaban al frente de sus ojos, sin embargo, sólo estaba la oscuridad. El dolor de la ciática empuñaba una daga en la espalda. Había dormido toda la noche en el sillón y eso era mortal a su edad. Samuel siguió tallándose los ojos, pero sólo podía mirar manchas blancas que brotaban de ese color negro como burbujas abandonadas del vaso de güisqui.

Un vértigo cerril le otorgó unos impulsos para levantarse. Era cuestión de horas la llegada de sus nietos. No quería que lo encontraran así. Ciego, horrorizado en su sillón como un animal herido. Pensaba que todo era momentáneo, un mal sueño. Tenía que lavarse las manchas de sangre. Tirar la ropa, el puñal. Esconder el botín. Puntos básicos. Despertarse primero. El silencio de la casa lo desorientó. No sabía qué hora era, pero lo sospechaba, porque en su rutina siempre se levantaba a las cinco de la mañana. Una vez parado delante del sillón, el dolor de la espalda le dobló la cintura. Caminó igual que un orangután. Sus manos buscaban detectar obstáculos en su camino. Mesas, sillas, adornos, botellas que caían como el mamotreto de su mente; la casa pronto quedó en ruinas con la búsqueda a ciegas. Tuvo casi en sus manos el asa del maletín, pero al tirar una silla, tiró también la maleta dejándola fuera del lugar que él conocía. Cada vez más desorientado comenzó a navegar entre la memoria por imágenes ennegrecidas de su habitación. Arrastraba sus manos en la pared para guiarse entre los recovecos de la casa, pero parecía llegar al mismo sitio.

No tuvo más opción que tirarse al piso. Sus rodillas quedaron contra el tapete y abrió sus brazos en cruz. La nada comenzó a tragarlo, una oscuridad demencial que lo colgó de su único pensamiento. Quedarse quieto para despertar. Otras noches había sentido la misma sensación de quedar atorado en la plomería del sueño y la vigilia, entre un codo de PVC incapaz de dejar fluir una gota de agua dentro del laberinto de tubos. Sus manos se encontraron en el aire y los dedos se estrecharon. Supo que no era un sueño, no se le había cargado el muerto, ni viajaba en una pesadilla. Reposó su cabeza a la altura de sus muslos, como un viejo Buda de los pesares y se envalentonó para regresar a un lugar seguro. Con el vértigo en la espalda, que le punzaba ardientemente, sus piernas respondieron al esfuerzo y quedaron abiertas en un arco tembloroso. Caminó hasta caer en la cama.

Acomodó el cuerpo para apaciguar el dolor tenebrante; en segundos, el sitio del dolor era solo un fantasma, un reflejo, entonces pudo calmarse.

Escuchó un berrido más que una voz justo al norte de su rostro. El bufido contumaz dejó salir la halitosis de un ser que le inspiró miedo. Cerró los párpados y replegó el cuerpo hacia atrás. Con asco estiró las manos para tentalear en el vacío al ser que estuviera de frente. Atinó a un bulto. Sintió una piel rugosa, como de iguana. Unos pelos largos, hirsutos y gruesos lo condujeron libremente para delinear una cara; sus dedos se incrustaron en lo que supuso, eran las cuencas de los ojos. Un hueco. Sintió un hoyo profundo. Calloso. Contrajo las manos hasta su pecho. El bufido era incesante. Oloroso. Se le vino a la mente el ser del cuadro de Bosco, ese que había observado horas antes en la mansión.

Estaba demasiado viejo para pensar en fantasmas. Pero un calambre recorrió el estómago cuando pensó que estaba en edad de creer en demonios; los que vendrían, rabiosos, a la última hora, por él. Un ejército de pobres diablos que, como perros hambrientos, olisquearían su alma devaluada. Y en un embate de dignidad, un par de chamucos se batirían en duelo por la última tajada de bondad que despedía su alma vieja. Cogió de la cabeza al ser y comenzó a acariciarlo como un pequeño dogo. El ser resoplaba. Recogió sus piernas y notó que un sonido de garras partía el piso. Asumió que la muerte estaba por allí. Vestida de colores, como aquel árbol de la última navidad.

Y las cosas últimas le llegaron en un rehilete de colores. La última carta que había escrito fue una reclamación al sistema de Agua potable. El último beso, al cadáver tibio de su esposa. Diez años antes; la última caricia la dio en la iglesia a una niña mocosa que le vendió chicles; el último verso que leyó en su vida fue de un amigo de la infancia, el último amanecer que lo alzó de la cama era de un intenso cetrino; la última voz que escuchó fueron también las últimas palabras de un hombre desconocido; el último golpe lo atizó a una víctima; el último vaso de agua le supo a tierra; el último café lo bebió parado cuando observaba el bolso de una señora; la última frase que había escuchado fue ¡perra, no me dejes!

El último respiro lo tragaría el demonio que estaba frente a él.

–¡Largo, animal asqueroso. Largo!

Sus palabras retumbaron entre el manoteo agitado de Samuel. Bufaba más fuerte. El ser comenzó a olisquearlo dando brincos de un lado a otro de su cuerpo. Escuchaba que caían objetos. Samuel se cubrió la cara y le ordenó que se llevara el maletín.

–¡Llévatelo asqueroso. Llévatelo!

La presencia endiablada se hizo a un lado. Escuchó un alarido y una bulla como si se desplegaran unas velas de barco; imaginó unas alas negras tapando su calva. Echó su cuerpo a un lado para intentar levantarse de allí. Las corvas le suministraron una dosis de dolor. Aun así se levantó. Si iba a pelear, su última guerra la defendería de pie. Sin miedo. Contuvo la respiración para intentar escuchar los ruidos de aquella cosa para mantener un lugar de referencia. Resoplaba lejos, pero seguía allí, en el desierto de su ceguera.

Una voz de mujer se esparció firme por la habitación. De momento no pudo reconocer de quién era, pero sonó familiar. Dio dos pasos y quedó a la deriva de un oasis. –¡No temas viejito!- la frase signó de inmediato la voz joven de su esposa difunta. Joven. Sin raigones de la edad. Canora. Sin turbias aguas pasando por las cuerdas bucales como la había escuchado la última noche de su vida. –¡No temas!

Samuel pasó un hilo de saliva. Se tomó de las corvas y gritó un no espantado.

Un aroma a crisantemos merodeaba por la habitación. El demonio, que si lo era, estaba apabullado en algún sitio, como en espera de un espectáculo glorioso. Olía a crisantemos frescos, como apestaba el polígono de flores de su esposa en el funeral, a las tres de la mañana. Había temido gran parte de su vida. Y hasta ese momento, no tenía miedo.

–¡Largo! – gritó. –Eres un espanto. Una trampa. Búscate a otro Fausto.

–Sólo tenía miedo –, dijo una voz masculina que interrumpió sus gritos. Samuel contestó con un recto y un volado al aire, a ver si atinaba en un rostro pálido que recreaba de su última imagen en la mansión.

–Lo sabía, perro infame. No te maté – Dijo con alegría.

–Sólo tenía miedo –. Retoñaron las palabras de la misma voz con una flor negra en el cerco oscuro de su perdón. Lanzó otro golpe que reculó como escopeta en el costillar. Gimió con dolor. Pensó que no debería arriesgarse a perder el equilibrio con esos embates ciegos. Estaba soñando. Matar a una persona arquea el temple más frío. Estaba peleando contra sus sueños, varado en un arrepentimiento feroz. Tendría que despertar. Acabar con la guerra. Necesitaba de un golpe, un pellizco, un movimiento brusco para saltar esa valla de la pesadilla y colorear, a las cinco de la mañana como siempre, su vida de ladrón y abuelo. Entonces corrió en línea recta imaginando que atravesaba un túnel con murciélagos y peste de orines, dejando atrás el estanco de su mujer y un muerto que podría cargar el resto de su vida sin arrepentirse, y que de cualquier manera la luz al final de la caverna lo devolvería con lasitud a una realidad de colores. Corrió hasta estrellarse contra una pared. Con las manos a la altura de su cabeza, sus manos repelieron, por reflejo, el impacto. Se sintió encerrado. Giró su cuerpo y volvió a la carrera adolorido, pero entero. Su tobillo se torció al pisar un objeto que no pudo identificar. Con la cojera llegó hasta otro punto de la habitación donde escuchó bufar a esa bestia irreconocible. Lanzó su cuerpo al suelo y rodó. Le repugnaba la peste de aquel demonio. Rodó. Las patas de la cama lo detuvieron y de inmediato los aromas a crisantemo le empalagaron. Otra vez de pie, inició la carrera desde su último kilómetro. Sólo dio cuatro pasos para desplomarse como estatua de arena.

Ya no pudo correr. El corazón agitado inició una cuenta regresiva. Decidió parlamentar con sus pecados. El fin de la carrera había pasado unos metros antes. Creyó que iba a despertar tarde o temprano, porque todo apuntaba a una pesadilla. Escuchó el trinar de los pájaros de la mañana en la ventana. Imaginó el sol implacable poblar su habitación. Un silencio largo lo hizo dormitar por unos minutos hasta que escuchó con alegría los pasos de sus nietos entrar a su casa. La voz de su hijo con sus frases de cuidado, no agarren, deja allí, pórtense bien. No quería abrir los ojos para encontrarse con la oscuridad. Deseaba que lo hallaran en esa posición y lo ayudaran, lo llevaran al hospital, le regresaran la vista. Lo cuidaran.

Escuchó que abrieron la puerta de la habitación. Un aire frío pasó detrás de los cuerpos de los pequeños y le lamió el rostro.

–Hijo, no brinques en la cama, nomás venimos por el maletín del abuelo y nos vamos. Samuel, deja eso.… Ya, ya. Tu mamá nos espera en el velatorio.

–¿Mi abuelo ya está en el cielo papá?

–Si.– contestó al pequeño, y lo apuró a salir de la habitación cuando se secaba las lágrimas.

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