Servicio a domicilio

El cartero golpeó el llamador de cobre tres veces seguidas; al sospechar que no tendría respuesta lanzó la carta por debajo de la puerta, allí donde cabe sólo el aire y las hojas de papel.

Más tarde, Sergio salió de la ducha para acercarse hasta el pequeño recibidor para notar un papel que se detenía contra una pata de la mesilla del teléfono. Levantó el sobre y un rasgueó de perfume onduló por sus narices. — ¿Una carta?- dijo torpemente mientras jalaba la toalla que caía hasta la mitad de la nalga. De Caminó hasta la habitación dejó encima de la mesa del comedor. Ya en el espejo, cuando se esponjaba el cabello y aplicaba el gel, volvió a pensar en la carta, en una dirección equivocada, en la publicidad de alguna trasnacional o en los antiguos inquilinos del departamento. Sacudió por último los cabellos rizados de la ingle y terminó por vestirse.

Una hora después recordó la carta sobre la mesa. Sin el mayor escrúpulo abrió el sobre y comenzó a leer:

Sólo miro los rastros de la pasión. No me encuentres debajo de tu pelo, ni en ese aroma que se pierde en una alcoba. Sólo tú pudiste sacudirme las hojas de un olvido bajo, sumiso, vuelto odio. Ahora te quiero tanto metida en ese cobijo de la nostalgia, en esas profundas ganas tenerte cerca y de alejarte de una vez. No sé cómo me llamaste, ni recuerdo la voz que se metía por los tímpanos, ni tampoco esas manos que me lapidaron de contactos (¿eran caricias?), en las puntas nerviosas de mi cuerpo ajadas a ese amarillo velamen de mi piel; parecías entender otros códigos, otras  palabras, otras canciones, otras risas que pronto callaron- encallaron a mi puerto. No es el terciopelo de la angustia ni ese tapiz de los olvidados, solamente es un miserable recuerdo que no tiene otra salida para mecerse en un destino acongojado que se niega a rechazar la otra parte de ti; la que hablaba del miedo a la perdición, al roce, al llanto, a las malas maneras que tienen nuestras “confusiones” y esas azarosas pasiones de una tarde cualquiera. Es tan sólo el rostro pintado de horror y polvo de amnesia que me deja estar sin ti. Es esa duda inconmensurable por no saber que me quieres. Por eso evito tu falda, tus piernas asustadas, tu saliva que tengo metida hasta el llanto y las violentas evocaciones de tu boca; las evito para no marcharme de nuevo a paraísos de carne y de hueso que bien me hacen falta. No me encuentres ahí, que en esa patria escondida el desertor se condena a ser su propio esclavo… y sólo mira los rastros de la pasión.

Sergio trató de reírse por todas las sandeces que había leído. No podía sostener en la mente la imagen de un hombre escribiendo lo que pensó, eran mamarrachadas. Puras palabras lastimosas. Se hundió en un ligero pensamiento machista, taibolero, que le provocara evitar el empalago. — Vale la pena una serenata y verás que con eso se contenta. Pero, cartitas para sanar una relación, ¿cómo? —También imaginó al destinatario perdido. Una mujer como de ensueño.

La dirección era Jardines de la Rosa número 23. El cartero había errado por una calle. Armó como pudo el sobre y lo cerró con cuidado. Tomó una chamarra y se marchó a hacer la entrega con afán de conocer a esa mujer de la carta.

Al llegar a la casa, se cercioró que estuviera en la dirección correcta, en la casa correcta y con la persona correcta. Renata Sánchez. Tocó a la puerta y tuvo que esperar muy poco. Salió una mujer alta, con bata de baño y con ojos plomizos que lo miró desconcertada. Sergio redundó en la dirección y Renata asintió con la cabeza. Lo miraba asustada, confundida. —Sólo quiero entregarle una carta, me la dejaron debajo de mi puerta— dijo cuando pensaba lo que había debajo de esa bata y las cosas sucias que él le diría si pudiera conocerla desnuda. Total, el hombre destinador no estaba tan perdido con esos rollos. Ella arrebató la carta. Leyó sólo la firma y la estrujó con violencia. —Gracias, es basura— dijo y colgó su cabeza en un hombro. Sergio quedó atónito cuando Renata se echó a llorar. Parecía haberle entregado una sentencia de muerte, unos exámenes clínicos, una mala noticia. Poco a poco su cuerpo se desvaneció hasta quedar en cuclillas. Sergio trató de incorporarla, de dejarla erguida y Renata se apoyó en sus hombros para levantarse. El aliento de Renata le hizo recordar las evocaciones de su boca que detallaba la carta.

—Este es el desgraciado por el que me cambiaste, ¿verdad?— se escuchó una voz violenta y firme. —A ver si te burlas de tu chingada madre— dijo y disparó dos balas en el pecho de Sergio.