Paisano

Capítulo 1

Paisano 1

 

“Ahora ya no pienso –como piensan los lectores, como pensaba yo durante mi juventud inédita– que los escritores son esos seres impecables capaces de captar con una mirada la esencia secreta del ser humano para recién entonces ponerlos por escrito. Ahora comprendo que, en realidad la maniobra es opuesta y es inversa: un escritor siempre se equivoca al juzgar a una persona y es este sagrado error el que permite la creación del personaje correcto.”

R. Fresán

 

 

Olvidé por completo quién era yo.

Lo digo y suena como en un sueño.

Entre nubes de anestésicos. Suena.

Estaba tan orgulloso de mi vida en la ciudad de Barcelona que no hacía falta recordar alambiques del pasado. Puse un velo trasatlántico que ocultaba unos relieves de la memoria, que ya no eran aptos para el lugar donde vivía. Olvidar es editar. Cercenar trozos de imágenes o imaginar los trozos de otros trozos desenfocados, de otras películas, vistas por miles de ojos y personajes y escenas que… El olvido es un duelo anticipado, una muerte postergada.    

Al salir de un café en la plaza de la Virreina, una voz estridente y hueca lanzó mi nombre por los aires. Llevaba más de dos años en Barcelona y había encontrado a algunos paisanos en el aeropuerto del Pratt o en la Rambla Catalunya, en el Barrio Gótico o en la fila para entrar a la casa Batlló. Pero en el Barrio de Gracia, era poco menos que impensable que alguien, con acento cantadito me timbrara en la puerta de mi existencia barcelonesa. Me detuve para encontrar el rostro.

Allí estaba, erguido entre las mesas de una terraza de verano, un hombre con gorro tejido de colores, pantalones caqui y huaraches de suela de llanta. –¡Eusebio, acá!– movía la mano derecha como un náufrago que llama a un buque mercante. Caminé sin ganas, pero ansioso por reconocerlo de una vez por todas. Diversos perfiles habían desfilado por la mente y no quería fallar, no quería que el olvido me atrapara en ese momento. ¿O quería olvidar? Una voz en el interior del cerebro me daba ese consejo. Eso creía.

Cuando miré en close up el rostro era conocido, sin duda, pero no hallaba el archivo donde estuviera el nombre que redondeara la faena y decir, “¡Claro! ¿Evodio? Tantos años sin verte”; pero el cuerpo sin nombre me traicionaba. Nos abrazamos mexicanamente y expresamos el gusto por volvernos a ver en medio de un mar de catalanes, sudacas y negros de una tarde de verano barcelonesa. Salí del paso diciendo: si Mano, claro maestro, desde luego caón. Recorrí, en un viaje relámpago por mi memoria; sillas de la primaria, aulas de la secundaria, canchas de la preparatoria, cantinas de la universidad y bares de la maestría para hallar un nombre que coronara ese cuerpo pequeño y ajado por una vida ruda. Cuando recurría a los apodos; Titis, Negro, Jarocho, El Muelas, El Cala, El Gordo, La Rabia, El Ches, El Tilín, El Quiquín, El Tetos, El Click, el Uñas, El Cacas, El Cucho, El Marciano, El Rasca… me distraje. Enseguida notó que algo no estaba bien y preguntó lo que no quería responder.

“¿Te acuerdas de mí?”

Lo primero que se me vino a la mente, por una cortesía inútil, fue contestar que sí. Pero hasta el momento sólo habíamos hablado del calor, del gusto y de la vida en ese presente que me atascaba en un pasado confuso que no deseaba recordar y suponía que en ninguna escena de mi vida anterior aparecería con ese hombre. Nada importante. Nada de vida o muerte. Ninguna mujer. Ninguna pelea. Ningún viaje. Ninguna referencia cruzada donde lo hallara como el amigo, del cuñado de la novia del kínder. Nada.

Yo  no deseaba dar más detalles de mi vida en Barcelona por temor a engancharme en una relación con ese paisano. Como podría esperar, según lo que me había comentado, llevaba un par de semanas en la ciudad. Recordé cómo eran esos primeros días en tierras lejanas. Y un paisano, seguro te devuelve el lenguaje, las costumbres y los recuerdos. Simplemente elementos que no deseaba importar desde México.

Yo había emigrado a la ciudad de Barcelona porque en el pueblo de donde soy, todo mundo me conoce. Dicen que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. Pues a mí me ocurrió al revés. Asomarme en la ciudad me hacía tristemente célebre. Tristemente odiado. Tristemente envidiado. Cuando el dinero se pone de tu parte, la gente se retira de tu vera. Un día recibí la noticia que había recibido una herencia donde se incluía, además de bienes inmuebles, un montón de dinero. De un día para otro, la vida se había vuelto ligera de deudas y sobrada en envidias. La gente no mira el dolor que puedas sentir por los seres queridos, sino, muy por el contrario te clasifica como aquel que no tiene ya por qué sufrir y en un pueblo donde las víctimas poseen un lugar iluminado, poco tienes que hacer al respecto. Ya no consigues el cochino dinero con el sudor de la frente y eso nadie te lo perdona. Nadie me daba trabajo porque asumían que no lo necesitaba. En el pueblo creen que sólo el trabajo significa dinero.

Como de la noche a la mañana lo tuve, pues quien fuera, pensaba que yo era un usurpador de los sitios donde debería trabajar un jodido. Para los pobres de mi pueblo, los ricos sólo deben de tener dos actividades; o viajan a paraísos terrenales o se tiran en una hamaca, soplando los billetes en forma de abanico. La gente imaginaba entonces que los ricos herederos tienen una vacaciones pagadas por el resto de sus días. Imágenes así se desbordaban entre los conocidos que me profesaban su amistad.

Soporté un año los chismes y los enredos hasta que decidí incendiar al pueblo con su propia envidia. Se mitifica lo desconocido. Estaba seguro que hablarían más de mi leyenda estando lejos, que de vecino en el pueblo. Entonces escapar es un arte y tiene sus motivaciones concretas. Lejos de los mitos y las historias, pero cercano a tres razones en concreto: por una mujer, una muerte o por dinero. Allí, en esa fórmula estaba uno de los bloqueos de la memoria que tenían a raya al paisano.

Escapé.