Moverse

Jalpa. Foto. RGM

Alguna vez dijo Stevenson “Yo no viajo para ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse.” Y esa frase la usé de chicle; la fui masticando de vuelta a casa cuando el atardecer carcomía la torre de la iglesia de San Julián que quedaba apalcuachada sobre la tierra de los Altos de Jalisco. Después de unos cuantos columpios de asfalto, miramos la desviación de un letrero apenas notorio al borde de la carretera. Aguascalientes a la izquierda. San Diego de Alejandría a la derecha. El sol estaba cayendo a plomo entre los huizaches y el pasto quemado de la orilla de la carretera. La cuestión es moverse…Tomamos el antiguo camino que da al centro del poblado y todo fue rápido. Una calle de factura popular nos echó a la plaza principal. Una plaza principal de un sábado cualquiera en el límite de la zona de los Altos coronada por palmeras. Nos detuvimos sobre la calle para admirar el paisaje. La soledad nos abrumaba. Ningún auto, ningún viejo. Sólo las paredes hechas a propósito como si se tratara de una escenografía de cartón recién pintada.
Avanzamos en Antonella y viramos a la derecha. Las calles seguían vacías, lo que nos hizo suponer por la hora que los habitantes estaban comiendo. No preguntamos más y dejamos San Diego de Alejandría con un silencio y nos llevamos algunas dudas, pero la principal era ¿dónde está la gente?
Al límite del poblado vimos el panteón municipal.
El motor gruñó. Salimos con rumbo a San Francisco del Rincón y recordé Jalpa de Cánovas. El recuerdo se transformó en un rostro querido. Poncho Hurtado. Allí en ese pueblo su familia tiene una finca donde me invitó a pasar un fin de semana, hace como mil años. Para más detalles, recorrimos Piedra de Sol de Octavio Paz, hablamos de cine, de Eliseo Subiela, Fellini, poesía, Tornatore, Vargas Llosa, Oliverio Girondo y más poesía. Con un sibarita despiadado como Poncho, cabe muy poco el aburrimiento. Memorable. Jalpa de Cánovas entonces llegó con el recuerdo de mi querido amigo y enseguida dimos vuelta hacia el poblado. La carretera cambió su aspecto. Es buena. En paralelo se tiende una ciclovía de asfalto. Hay ranchos y casas de campo. Pasamos por Cañada de Negros donde observamos una gran edificación, pero nos resistimos a bajarnos.
Hasta el final del camino entramos a Jalpa.

Un letrero nos anunciaba que era un Pueblo Mágico. Upa… Miré a Merit. Pueblo Mágico. Creímos que veríamos turistas. Gente. Edificios turísticos.
Vimos la cúpula de la iglesia construida por Luis Long que rompía la arquitectura y el cielo. Entonces nos metimos hasta la plaza. Y otra vez la soledad… me acordé de una poesía que alguna vez escribió una maestra en el pizarrón… cuando en la soledad de un cielo muerto brillan unas estrellas olvidadas, es tan grande el silencio del silencio, que de pronto quisiéramos que hablaran… Así. La soledad otra vez. Algunos carteles. Algunas indicaciones. Alguna historia. Vimos un cartel que explicaba que los agujeros de bala en la casa de la Ex hacienda los ocasionó Pascual Orozco… y llamó nuestra atención. Preguntamos a la policía que velaba la plaza. Una mujer policía, la única, por cierto, eso lo supimos después. Natalia y Merit fueron a preguntar. Ella dijo que si podíamos entrar. Que tocáramos. Sara y Natalia tocaron en la puerta. No nos abrieron.
Sara me preguntó: -¿Por qué es mágico ese lugar?
– Porque no hay nadie.
Y reímos.
Visitamos la iglesia. Celebraban unos quince años. Poca gente. Al salir, Natalia y Merit, expertas en hallar comida típica, ya habían ubicado a un vendedor de raspados.
Tres sabores: fresa, limón y vainilla.

 

Se lee un cartel con los sitios de interés…
Templo de la misericordia
Hacienda
Jardín principal
Academus
Templo de nuestra señora de Guadalupe
Huerta de nuez
Presa Santa Efigenia

Según lo que contó el viejo de ojos zarcos que atendía los raspados, ni abren los sitios que recomienda el cartel, ni pueblo mágico y “se roban desde las gallinas hasta lo que sea”. En la noche se va la mujer policía a dormir y los habitantes se quedan a expensas de la delincuencia.
Nos despedimos del viejo y fuimos hasta Antonella. Comenzó a pardear la tarde.
Antonella nos esperaba.
Dimos vuelta a la plaza y allí reconocí la casa de Poncho y estallaron palabras “…un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea…” y esas tardes mágicas de poesía. Quise decirle a Sara que ya más o menos sabía por qué es un pueblo mágico; miré a Merit y a Natalia que se ajustaban el cinturón. Apreté el acelerador… la cuestión es moverse, dice Stevenson.