La roca

—¡A otra zorra con ese mink!- Dijo una perversa Andrea Roca cuando le ofrecieron la Dirección de Producciones Atómicas del Ministerio de Conservación de la materia gris. Había desgastado parte de su juventud en reventarse los nervios con una pandilla de burócratas que sólo buscaban conciliarse con la entonces juvenil madama de la ciencia. A golpe de metralla y fuego amigo, fue escalando posiciones dentro del organigrama para parecer una científica, sin embargo, como ella tantas veces lo había dicho, era una administradora, una publirrelacionista, una mujer decidida y punto. No necesitaba tanto blablabla de ningún académico por más pintado que se plasmara.
Lo único verdaderamente molesto era que le quisieran cortar la cabeza. Quizá era un miedo atávico. Le daba por pensar en las noches que estaría bajo amenaza de científicos locos que querían destronarle el puesto, que tan agriamente había conseguido en las rudas artes de la academia, del saber, de las hipotenusas y las teorías del desencanto. La noche del 25 de abril, cuando la luz de la luna rompía unas nubes meteóricas, despertó con un sudor amargo. Una pesadilla fue la que le robó el sueño. Era perseguida por perros rabiosos, dentro de un túnel hondo. Cuando el primer perro se le acercó a sorrajarle una mordida en la pierna, Andrea Roca se preparó para darle un escarmiento. Se lanzó a cuatro patas y abrió, lo que sería una bocaza enorme, unas mandíbulas que le colgaban hasta el suelo. El dogo, sorprendido por el hocico infame, resbaló sus cuatro patas para meter freno de mano y repeler la agresión. Aunque fue demasiado tarde. El perro ya estaba entre las mandíbulas trabadas de la mujer en una pata correosa del can. El resto de la jauría echó a correr. El sobresalto de la ira la hizo despertar. Enojada porque no había acabado con su adversario, lo que restaba de la noche la pasó en vela. Era un presagio. Algún científico deseaba darle una mordida o peor aún, la muerte.
Llegó entonces a la Institución muy temprano, en contra de sus reglas bien definidas. Para ella no amanecía hasta las nueve de la mañana, luego de un trago de ginebra. Reunió a sus cuatro subalternos. Los encerró en la sala de juntas. Encendió el sexto cigarro del día. Montó una estrategia para contrarrestar un posible complot. La ignorancia mitifica. Uno de sus delfines escribió varios nombres, varios científicos que podían darle una mordida a su carrera en asenso. Con los años la sangre se templa y apesta la boca. Miró la lista de posibles traidores. Y allí, entre un espacio tímido, se levantó como lunar en la cara del cacarizo, un académico de porte seguro, de galones entrañables y méritos propios. Ese que nunca había pedido un favor. Dijo —Al que no se le pise un callo. Al que tenga lavada la cara. Al de las orejas frías. Un tal, Pedro Galván.
Por el currículum se trepa a la sospecha. Pedro Galván hombre de mediana edad, de pelo escaso, cuerpo delgado, honorarios de académico, casa en fraccionamiento, hipoteca a quince años, tres hijos y para más señas, cuñado de Andrea Roca. Allí estaba el lunar. Ese era, sin duda alguna quien podría arrebatarle la llegada a la cima. Cuando los asistentes confirmaron la sospecha. Cuando hilvanaron chismes y sobajaron el método científico a mera estructura curricular de alumnos de preparatoria.
Primero consideraron demasiado que Pedro Galván fuera cuñado de Andrea Roca. Sobre esa premisa, encabezaron experimentos. Le enviaron a una masajista para tomarle fotos y acabar de una vez con un matrimonio de perdedores. Una vez que el brazo derecho de Andrea Roca tuvo en su poder las fotos, le solicitó una audiencia en privado. Lo amenazó. Lo chantajeó, sin embargo, Pedro no había aceptado a ninguna masajista. Podía negarlo todo. Querer no es poder.
Con sus mañas mal habidas, logró que el consejo del Instituto lo declarara incompetente, loco, distraído. Pero no quedaba claro el mensaje ante los científicos. Asumió que la mordida necesitaba hacerla a la yugular. Una vez que Pedro fue distanciado de sus axiomas, recluido a un cuarto maloliente, frío y sin computadora, los fieles guardianes elaboraron una marca personal. Le arrebataban sus cosas, lo acusaban de plagiar investigaciones, de arrobarse con premios. Una tarde Pedro replicó una sanción de tres días sin salario por irse a comer una torta. Eso bastó para que Antonio La Facha, misigato y misionero de Andrea Roca, llevara las cosas fuera de lugar. El Ministerio Público arribó a su trabajo, le entregó un citatorio y la guerra siguió en los juzgados. Batalló lo que pudo contra las estructuras de la institución hasta que una mañana encontraron el cuerpo de Pedro Galván colgado de la regadera de su casa. Los chismes dejaban claro que todo había sido obra de Roca. Quedaba también claro que en la guerra y en los puestos de poder todo se vale. El consejo de sabios, indignado recapacitó sobre su oferta. Dicen que no volvió a soñar perros y aceptó, triunfal, la Dirección de General de Experimentos.
– Este mink, si me lo pongo.