La Pintura

Jaral de Berrio

Todos estuvimos de acuerdo que teníamos que salir de inmediato de la ciudad. El domingo olía a tedio y a holgazanería barata; sin más, se avecinaba un día sin pena ni gloria,  lleno de trampas para quedarnos desparramados entre la flojera y la molicie: el aburrimiento estaba por atraparnos con la bruma de los primeros rayos de sol de una mañana  de invierno sobre los adobes viejos de Guanajuato.

La fuga era inminente.

Tomé algunas notas para concretar el destino cuando Merit y las niñas estaban acicalándose en la recámara. Me quedé pasmado con la idea de ir a una Ex- hacienda muy cerca del desierto. Jaral de Berrio. Miré el mapa. Salida de Guanajuato a San Felipe Torres Mochas y luego hacia la carretera que lleva a San Luis Potosí. Allí, en una desviación del kilómetro 36  iba a encontrar la hacienda legendaria. Encontré algo de información en una página web: la hacienda era una construcción del Siglo XVI y su dueño, Miguel de Berrio y Zaldívar, primer Marqués de Jaral, nombrado por el rey Carlos III, dominaba apaciblemente una extensión de tierra que comprendía desde Durango hasta el Valle de México. Un solar.

Salimos con rumbo a Silao, y ya cerca,  miramos a la distancia el esperpento de construcción de la iglesia de la Luz y supusimos, entre pláticas y leyendas urbanas, que nadie puede ir a visitarlo. Una cosa hórrida sólo para impactar el paisaje. Nos dieron ganas de probar la leyenda, pero nos pareció simplemente bizarro.

Tomamos la lateral del puente que da a la desviación para San Felipe Torres Mochas. El paisaje comenzó a nutrirse de una vegetación semiárida. Conciliando cerros partidos y un asfalto renovado lamiendo la vegetación, sólo el verdor lejano tapizaba con hierbas bajas algunos cerros aislados. Dominaba el horizonte el Cristo del cerro del Cubilete.

Las bocinas escupían unas palabras entrecortadas de la voz de un locutor que   descarapelaba las ondas hertzianas. Llegó el momento de todo viaje en que cada quien comenzó quedarse trabado con sus pensamientos. Encallando la mirada en el paisaje interior. Las llantas tragaban kilómetros. Nada nos detenía. Sólo miraba la línea negruzca del asfalto por el espejo retrovisor que se alejaba para siempre. Delante iban jalándome las ansias por llegar al destino. Como tantas veces en las que deseaba la llamada de un amigo. El consuelo de un hermano. El correo electrónico en mi buzón en donde desplegaría una buena nueva. Atrás la carretera. Los pecados cometidos. Vino a mi memoria un poema de Benjamín Valdivia titulado el Viaje:

¿A dónde vamos cuando vamos al bosque

o cuando las castañas se muerden

en los dientes del fuego

y cuando se cierran los ojos y flotamos

entre la recomposición y el pastiche del sueño

o bien a la hora que vaga la vista

sobre del arenal de otoño…

Vimos el letrero de la desviación a 500 metros antes y bajé la velocidad. Entramos a un camino de terracería que nos desembocó con furia a un cubo amplio donde un par de  silos gigantescos vigilaban la hacienda.

Nos detuvimos frente a la fachada y al descender de la camioneta miramos que estaba casi desierta, la comunidad convocada en la iglesia dejaba a la suerte sus casas. Sonaba el murmullo. El sol endurecía nuestras sombras. Tragamos polvo; un polvo fino y delicado que se agitaba con tolvaneras esporádicas pero constantes que venían del sur.

En la puerta de la hacienda había un par de adolescentes que nos cobraron la entrada sin mediar información alguna. Era el peaje. Imaginamos que alguien nos diría los pormenores de la historia, las leyendas, las voces de ese gran edificio que parecía elevarse hasta las nubes, pero entramos a divagar entre los muros de un cadáver. Un edificio carcomido por los años pero que sostenía con un respirador artificial, una belleza macabra. Así lo sentí. Pasamos el pórtico y trepamos la escalera donde pudimos observar alto relieves y frescos de la época apenas teñidos con una soberbia marchita. Unas nubes peinaban la techumbre y un hedor a guano y a orines de gato picaban en las fosas nasales hasta el estornudo. Era bello. Una belleza anciana y olvidada. Parecía esparcirse una boruca de fiesta, de ultratumba. Estábamos solos pero algo nos hacía sentir que paseábamos entre una multitud. En una orilla del casco de la hacienda  una pareja de recién casados se hacían fotos. Posaban en múltiples escenas. Diversos paisajes del sitio.

Llegamos hasta la fachada principal. Había que pisar con cuidado para no caer al nivel inferior. Entonces la vi. Era una pintura de una mujer en la pared de un cuarto en ruinas, entre un papel tapiz carcomido. Apenas pude retratarla y quise salir de inmediato. Una sensación como de esas historias cliché en que la mujer está atrapada de día en un cuadro, pero de noche vive; como si yo tuviera ese ojo clínico que la descubría en ese encantamiento. Imaginería barata, tal vez, pero me dio miedo quedar atrapado entre ese lugar viejo a enmohecido, como si fuese a quedarme plasmado en ese fresco por alguna circunstancia mágica, donde ella, irremediablemente,  intercambiaría su dimensión por la mía.

Salimos del lugar. No dije nada. Miramos de lejos la hacienda de Jaral de Berrio y todos sentimos ese encantamiento de la belleza, ese estanco de la existencia que se deja vencer por el magno paisaje de nosotros mismos. “Cuando cerramos los ojos y flotamos, entre la recomposición y el pastiche del sueño/ o bien a la hora que vaga la vista sobre el arenal del otoño…" (BV)

Quedó atrás Jaral de Berrio y volvimos, entrada la tarde a Guanajuato.

"Llegó el momento de todo viaje en que cada quien comenzó quedarse trabado con sus pensamientos. Encallando la mirada en el paisaje interior. Las llantas tragaban kilómetros. Nada nos detenía. Sólo miraba la línea negruzca del asfalto por el espejo retrovisor que se alejaba para siempre. Delante iban jalándome las ansias por llegar al destino. Como tantas veces en las que deseaba la llamada de un amigo. El consuelo de un hermano. "