La noche de Mateo

 
presentación 3 filEsa noche llegué tarde a la casa luego de tres entrevistas de trabajo infructuosas. Estaba quebrado; tres meses sin chamba y con dos
hijas; una de apenas dos años y otra de 3 meses, la vida o el universo me ponía contra unos cables de alta tensión. Los pagos se iban atrasando, al punto que ya no me quedaba crédito ni en la tienda de la esquina. El dinero de la liquidación de un trabajo en la universidad y los restos de un premio que recién había ganado, se evaporaron entre el parto de mi pequeña Sara y los gastos de hospital de mi esposa.

Pasé cada mañana de esa temporada, tocando puertas, buscando amigos que se agazapaban nomás me veían llegar. Pedir trabajo se parece a pedir dinero y siempre lleva una expresión de sorpresa. Coleccioné números de teléfono y citas canceladas. Nunca me llamaron.

En respuesta a la crisis, mi esposa y yo montamos una tortería, con los únicos pesos que había en la casa y con el terror del fracaso. Pero un desesperado a todas va. No era extraño para nosotros la libre empresa, unos años antes nos manteníamos despachando un bar. Durante diez y siete años surfeé entre borrachos, alientos alcohólicos, halitosis de las tres de la mañana; con desesperados, madrugadas, roceros, jipis; arrié golpes, palizas y todo tipo de tradiciones de los seres de la noche. Ganábamos bien. Teníamos éxito para vivir holgadamente.

Luego de ser director de una radio y tener un título pomposo, creí que me lastimaría el ego cambiar la voluptuosidad de un escritorio directivo por el rincón de una cocina, cosa que tiene sus retos, sus bondades, su dosis de humildad. Seguí siendo el mismo tipo que cree que uno es su mecenas.

Cuando mi mujer se iba a abrir la tortería desde las siete de la mañana, me quedaba a cuidar a las niñas. Merodeaba todas las posibilidades para emprender un proyecto rentable, que no exigiera demasiado tiempo y que me permitiera escribir mis cuentos; diseñaba el currículum entre biberones, pañales y batidos de fruta. Llamaba por teléfono a los conocidos y me citaba con la poca gente que no me dio la espalda luego de aquella salida estrepitosa de ese último trabajo.

Como dije, esa noche volví a casa incrédulo. Merit me miró llegar y supo como nadie que no había tenido éxito, que al otro día estaríamos vendiendo tortas. Me dio un beso en la frente y cargué en mis brazos a Natalia. Tomé mi libreta de apuntes y lamí con tinta unas hojas vencidas. Entonces cayó la idea que estaba escondida, velada, hallé un párrafo que me condujo a otro. Natalia quedó dormida y la llevé a su cama. Volví a enfrentarme a la libreta y nació lo que luego sería, el primer capítulo de Mateo.