La Duda

La Duda dejó crecer sus uñas un centímetro más allá de sus dedos. Tenía unas semanas metida en el cuarto del motel  escuchando la música de los automóviles, los tracto camiones y las ventoleras de la primavera; bebiendo ron y fumando habanos como si no tuviera otra oportunidad de hacerlo o porque quizá no tenía otra salida. Fumar habanos y beber ron. Quién sabe si era alcohólica, porque nunca había faltado a una cita de trabajo o a una reunión familiar, pero era la Duda. ¿Quién le puede reprochar una incertidumbre?

La Duda pintó de negro sus uñas y vaciló un momento cuando el olor a solvente le pegó en la nariz. Recordó estrellas cancerosas, calles pestilentes, largos manteles que esconden caricias bajo la mesa y pasillos de hospital, con doctores pensativos, escenas que se reproducían en una película seriada. Entonces el rechinido de la puerta la paralizó cuando pintaba el dedo meñique.

Entonces la miró de espaldas. En el sillón carmesí del motel. Frotaba sus piernas, suspiraba casi una canción cuando escuchaba caer el agua de la regadera y esperaba el reencuentro con Héctor. Los calambres en el estómago le volvían a un dolor sin sitio. La Duda le tomó la espalda para frotar sus trapecios. Ella comenzó a sentirse fea. Carente. Pensó en el botox o la lipo. En la piel que no es precisamente fija, sino que se convierte en una masa tirante. Cubrió sus pechos en un impulso desordenado. —Mejor apago la luz—, se dijo como si tratara de maquillar la certeza de su edad. — O quizá encendida. Que de una vez sepa que ya no soy la de antes.

La Duda cambió de estrategia. Dejó de súbito el masaje y embriagada fue desnudándose con ella al ritmo de los pasos de Héctor que ya venía sigiloso, decidido al encuentro encima de la cama. Ella antes de que encendiera la luz de uno de los burós, extendió la sábana para cubrirse como todas las primeras veces, donde la vergüenza debe de ser vencida por el deseo.

Héctor acarició su pelo, le murmuró un te quiero agradecido. Miró el techo con tirol, las cortinas de la habitación. Se fundieron en un beso de ojos abiertos, acurrucados entre la modorra de la Duda que se agitaba entre sus cuerpos. Tomaron aire, volvieron al ataque. Los dos pensaban que de hacerlo bien, estas escenas se repetirían o por amor o por miedo. Pero era la oportunidad de salir victoriosos. La Duda comenzó a desprestigiarse. La ropa estaba alisada en un sillón. La sábana fue diluyéndose en la frontera norte de la cama igual que una cascada de agua fuerte.

Cuando los dos estuvieron envueltos con sus pieles, la Duda saltó entre sus sexos, el trío estaba completado y con la habilidad de una dama, la Duda rompió el saco. Uno de los pensamientos de Héctor le cruzó la mente con la velocidad del aleteo de una mosca. Rápida y confusa apareció la imagen de su hija que fue como introducir un taladro en la sien. Entonces abrió los ojos y el rostro de ella, que cedía a los escarceos, se transformó en el de su esposa.

Héctor detuvo el combate justo cuando iniciaba el primer asalto. La certeza le llegó a ella como horas antes se había imaginado, cuando cerraron la oficina, coincidieron en el elevador, se miraron los cuerpos, las ropas, se abochornaron, se sonrojaron y tuvieron que decidir actuar antes de que llegara la Duda a sentarse con ellos. Eligieron el motel equivocado. Entonces la Duda, con sus uñas pintadas de negro salió ebria, feliz y desnuda del cuarto del motel para dejar paso a la Certeza y sus pequeñas hijas.