La bañera

Ari se levantó de la silla y fue a sumergirse en la tina del agua helada. Siempre había creído que el frío ahuyentaba los sueños, la modorra, y encendía una chispa para comenzar el ritual de día. En octubre tenía siempre la sensación de regresar a unas causas primeras. Mientras el agua se ajustaba a su cuerpo y el frío parecía adormecer las puntas de sus dedos, la fragancia de los sueños arremetía fuertemente contra los vaticinios para ese día: volver.
Cuando su cuerpo comenzó a enfriarse, miró el cuarto de baño como si estuviera nadando en un mar escaldado. Las olas, el calor, las palmeras. Una palabra resonaba honda: boda. Como un barril desplomándose en un vacío. Faltaban dos días para ponerse el ajuar, ensayar los cánticos, escuchar los violines y ponerse frente al sacerdote que los uniría en sagrado matrimonio. El juez, los testigos y el novio. Un tal Joaquín. Y pensó. Un tal Joaquín es con quien me voy a casar y apenas digo su nombre y la tierra parece darme la espalda. Joaquín es una figura tornasolada, un hombre con sus circunstancias, con olor a cerveza, a mugre, a día a día. La playa era mejor que pensar en Joaquín. Pero se revolcaba entre la arena de sus pensamientos y caía en picada Había aceptado y ni modo. Así, cuando uno se compromete no se puede rajar. —Para toda la vida, para siempre jamás— pero un trato es un trato, ya no puedo faltar a la palabra. Lo quiero poquito, quizá como a un hermano lejano, como a un perro tierno, como a un amigo de la secundaria.
Por muy agitada que pareciera la fiesta en la despedida de soltera organizada por la madre había transcurrido en paz; dos Biblias, cinco rosarios y una desmedida reflexión le había invadido el cuerpo. Sin duda Joaquín había compuesto su vida cuando llegó de la nada o mejor dicho, llegó cuando el corazón de Ari no tenía nada y en su cuerpo pasaban los años —Ya se te está yendo el tren, ya estás muy vieja, ya cásate, vas a ser la cotorra— cantaban a coro unas voces preñadas de miedos que la asediaban. En el fondo ella quería estar sola. Pero ella no decidió su suerte, como otras tantas veces. Joaquín fue el blanco perfecto, el “lo que sea”, ese anuncio clasificado en la última página del periódico; el silencio contra esas voces que le atizaban como moscas.
El opaco calor que le brindaba el aliento se limaba contra el espejo del agua. Imaginaba que todas las novias tendrían un profundo sopor previo a la boda. Todo el trajín iba reduciéndose a una pequeña fiesta de cinco horas. Demasiado desgaste físico para caer en la cuenta de que sólo se trataba de vivir juntos.
—Juntos y para siempre. Qué corta es la vida— Sonó esa voz que le llegaba de alguna parte de su cuerpo, dando latigazos, dando vuelcos en algo duro y consciente que le hacía decir esas nimiedades. Siempre. Deslizó el jabón entre sus piernas, en los dobleces de la rodilla y una imagen la asaltó en medio de su tarea de limpieza. La peor de sus imágenes.
Tomó la navaja y observó el filo. Barrió sobre la piel del brazo con la hoja de metal deseando que saltara una vena. Rasuró las piernas y el tajo volvía amenazante a los filones del brazo. Para siempre jamás no es mucho. Apenas es hoy. Y dejó la navaja. Y pensó en que mañana todo sería mejor…

 

 

Por: Ricardo García