Escribir por encargo

Me llegó una camusico 3rta para disuadirme que no escribiera lo que voy a escribir. Era un correo de media noche, de esos de madrugada que se hacen con la saña de los desvelados. De los dolores de muelas. Palabras más, palabras menos me suplicaba que no escribiera historias con final macabro, ruin, infeliz. Que para tragedias estaba la vida. Que en algún momento ella se había sentido aludida, sin embargo me pedía que me lo tomara con calma, que mis palabras se mostraban agitadas, enojadas, iracundas.

No voy a divulgar quién fue la que me tachó de inhumano. Ni voy a develar los misterios de una mujer que se tomó la molestia de escribirme unas líneas. Le expliqué en otro correo que mi columna tiene un origen plenamente humano. Soy un ladrón de historias. Me gusta la charla y allí, en un gesto inadvertido las tomo porque me gustan. No escribo por encargo. Es algo habitual cuando en una reunión uno tímidamente dice que es escritor. Siempre está alguien que dice “si yo te contara mi historia uf; es toda una novela” y comienzan a enumerar hitos relevantes que van desde su infancia hasta la vida adulta y por lo general expresan un rosario de tragedias. Otros, los menos, siempre han tenido un impulso por escribir, a razón de que luego de sexto de primaria cualquiera puede armar un sujeto-predicado. Dicen: “Yo empecé a escribir una novela, pero todavía no la acabo”. Existen otros valientes con mayor decisión y allá, por los linderos de la senectud, deciden narrar sus memorias, publicar su libro y presentarlo en sociedad como quinceañera de rancho. Muchas veces son meros bodrios psicoanalistas y aquí me viene a la mente otro lugar común de los que escriben porque piensan que su vida es muy interesante. La gente piensa que escribir es un decreto de la realidad. Error. Para mí es una incapacidad de comunicación.

En las reuniones hay también quien pregunta dónde encuentran mis libros que estoy seguro nunca leerán. Lo hacen por agradar, por sentirse interesados. Generalmente respondo que tengo un par de publicaciones pero que no circulo por los grandes hits, ni llego a la editorial el Sapo; escribo porque mi pasatiempo se convirtió en oficio, y por otras razones que no voy a confiar cada vez que me preguntan si soy escritor.

Cierto día estaba en un restaurante bebiendo un café. La dueña, mujer de pelo rubio se me acercó para charlar. No creo que me hubiera leído jamás, lo que sí sé es que supo que le pegaba a la tecla. Después del buenos días, cómo te va y esos prólogos convencionales, me dijo que tenía la intención de publicar un libro de cocina, pero que necesitaba quien lo escribiera. Miré alrededor para sacarle al parche, porque como una premonición sabía a donde quería llegar. Dije un qué bien para saltar la charla, pero me ofreció sin más, ser el autor. Ella piensa que los escritores escriben lo que sea, que para eso son escritores. Si bien he escrito cosas malas, o muy malas y los que se precien de críticos pudieran echarme un camión de piedras; una cosa es regar el tepache en un texto y otra, redactar la receta del cuete con tepache al estilo Guanajuato. De la sonrisa pasé a la carcajada. Luego pensé. Pudiera ser un best seller y estoy perdiendo una oportunidad jugosa.

Decliné la oferta y pasé a retirarme.

Recordé otra ocasión cuando me ofrecieron redactar la vida de un muerto. Como estaba muerto, la familia quería recordar todas las cosas maravillosas de aquella persona. El muerto, tuvo el cuidado de hacer grabaciones de sus vivencias reposadas en tequila. Relatos que estaban bien para pasar un rato pero que no llegaban a una anécdota. Por razones de novato, accedí a redactar una hoja. El muerto había sido fayuquero, entonces me imaginé a todo un camionero que traficaba con aparatos eléctricos ejerciendo el soborno y el cohecho a cada paso de aduana. Sólo pude arrojar una cuartilla. Cuando la mostré a la familia comenzó una discusión de la que no salí bien librado. “El muerto no era así, era asado”. El muerto no diría eso, diría aquello. En fin. Renuncié a la tarea de redactor. ¿Cómo es un fayuquero?

Una cosa que me quedó clara, después de que ella quiso disuadirme para no comentar su comentario y es que cuando se insiste en psicoanalizar a un escritor, lo más seguro es errar en el blanco. Porque muy poco o casi nada personal puede verse a través de una ficción, menos aún, quererla empatar con una realidad. Y si, la realidad es fea. Lo demás es lo de menos. Sigo a la caza de autorretratos.