El gato

Germán, al que todos apodaban el Gato, antes de toparse en su camino con Eva, era una especie de santo. Nadie se acordaba de eso. Germán había perdido una vida de las siete que se jactaba de vivir en el mundo del no pasa nada. Aburrido por sus bucólicas madrugadas en el campo, entre huizaches y cerros pelones, un mal día de granizo emigró a la ciudad. De un plumazo todos habían olvidado el principio, o mejor escrito, comenzó a convivir con gente que no sabía nada de su pasado. Tenía entonces récord ganador. Números negros.

 Ya se sabe, con la llegada de la muerte todos nos purificamos, así como con el espíritu navideño. Nos da por recobrar el pasado en esferitas fosforescentes para colgarlos en un árbol tan espiritual que termina en la basura apenas pasado el mes de diciembre; ya sin tristeza huérfana, el revulsivo navideño nos deja ver en el espejo un perfil real, odioso pero real; el Gato era un hombre en el fondo malo todos los días del año. Su sentido del humor era desvergonzado y ruin. Era incansable escapando de su condición de prángana. Cuando murió, salieron las bondades como gusanos de su tumba. Los funerales se hicieron a la antigua, de cuerpo presente, el cadáver estirado dentro de una caja blanca. Cuatro velas le indicaban el camino formando una especie de luz ancestral que lo llevaría pesadamente a un lugar mejor, lejos de cirróticos, ladrones, indigentes, habladores.

Pequeños infiernos en a tierra. El infierno según Dante. El infierno como callejón. El infierno como el diario de un judicial. El infierno como el golpe de una mujer dolida. El infierno según los abstemios. El infierno según los orates. El infierno según los sabelotodo. El infierno con Eva.

Eva la conoció después de salir de un taibol dance. En el festejo de un buen robo. Andaba bajo el influjo de las malas compañías y los brebajes de las dos de la mañana. Los rostros se confundieron. Elegir un compañero de farra es tan importante como tener balas en el cargador del revólver. El Tamal, compañero de rompe y rasga se quedó encasquetado con dos bribones en un juego de cartas. El Gato salió al descampado, a la zona de guerra en medio de una metralla de beodos. Vio a Eva y pensó: “Esta noche pierdo otra vida”. Ella entró a su existencia como por la cocina. Trepó a sus nervios como a la azotea. Lo enamoró como se enamora  toda persona borracha; a la primera.

De momento no falta donde redimirse, los moteles sobran. Las palabras hieren. El Gato balbuceó las mejores frases de postal navideña. Eva cenó un vaso de ternura. Cobijó en el remanso a un Gato que andaba sin luna grandotota. Cuando los dos pactaron la huida por la carretera, tomaron un taxi que los paseó por las entrañas del infierno.

—Vete al infierno—gritó Eva para dar la señal a su cómplice. A la cajuela. Patadas en las costillas. Dolores en la cabeza. No te entumas. Eva se evaporó en el sexto infierno. El taxista quiso sellarle la suerte. Pero el Gato era malo y no quería perder una vida en manos de un taxista deprimido. Todo mundo paga su cuota. Los muertos de todos los días. Germán libró una batalla, así como gato boca arriba. Hundió los puños en la cara maquillada del taxista pero no logró zafarse de un puñal en el corazón. Las siete vidas se le fueron de un jalón, con todas sus muertes, sus robos, sus amenazas. Cuando por amor efímero, hipocondríaco, regresó a su santidad en otra vida.

Cerca de la media noche alguien quiso rezar un rosario. —¡Pobre Gato!—A pesar de sus atrocidades, en momentos cuando el olvido es necesario. —Era tan bueno. Fue una víctima. Un héroe. Un camarada— coincidieron los presentes y pasaron a retirarse.