Ejercicios

“Al contrario de aquellos que se esfuerzan a lo largo de una vida en componer su imagen literaria, yo insisto en destruirla a cada momento, aspirando sólo al original que, por naturaleza, es para plasmarse sin cesar…Si eso se llama severidad, entonces soy severo, y se lo recomiendo a los demás, al menos a aquellos a quienes amo.”

1 asiODYSSEAS ELYTIS, Antes que Nada la Poesía. (Cita tomada de la Página de Isaí Moreno)

 

Trato de escribir de un jalón, sin contener el pulso de las yemas de los dedos en el teclado del ordenador. Escribo como quien corre un sprint, procurando dar alcance a los registros de mi mente, a esa película que aparece entre mi cerebro, la pantalla del ordenador y las palabras que se amotinan en el puente eléctrico de mis dendritas. Trazo una cosa por allí, dejo una huella por allá. Vienen discursos, recuerdos, instantes. Los personajes juegan, chocan, se menean a placer en la narración. Luego, una mancha de palabras se esparce en la pantalla y confío con entereza que he dejado un jirón de piel en ese texto. Es una conclusión anticipada, por supuesto, porque jamás he tenido la sensación de concluir un texto, en el fondo creo que hay un más allá que pude hacer mejor, sin embargo, termina la ráfaga de creación y sé, con dolor, que debo dejarla ir en paz, como un duelo. Me agoto. A veces me da por llorar. Reconforto al escritor triste porque expulsó un pedazo de su alma y sólo mira, entre la humareda de la revuelta, los rastros de sangre. Los puños ardiendo.

Una vez que la herida escampó, leo con seriedad el escrito; lo corto, lo mutilo, consulto el diccionario, me recrimino. Sobre el papel vuelvo a corregir, comparo mi estampa mental con el producto que tengo al frente y trato de serme fiel. Y cuando todo parece correcto, limpio y suave; lo dudo por principio de honestidad.

Entonces viene el siguiente paso, el más duro. Que otro lo lea. Mi crítica personal es Merit. Ella es mi lectora de cabecera. Duda, apunta, señala. Entonces repaso el texto. Corrijo y lo dejo en libertad para los editores. Sé que el texto ya no es mío, sino de los lectores, que puede comunicar sin muletas.

En todo proceso editorial hay muchos ojos. Lectores que ayudan de forma extraordinaria a planchar las rugosidades de un texto, que comprenden el universo personal y literario de los autores y que hacen las veces de boxeo de sombra para que al final de la jornada, el trabajo aparezca aseado y digno.

Con la novela Mateo no fue diferente el camino. Quiero agradecer el trabajo de Graciela Guzmán que le limpió la cara, lo acicaló y lo consintió con harto cariño.