De ida

TENISDesde siempre me he llamado Pedro Camacho y estoy convencido que mi nombre no puede representar nada importante, tampoco tiene algo que ver con la invención de mi apodo. Uno nunca sabe en realidad cómo se llama, hasta que alguien lo nombra de otra manera y todo se echa a perder.

Me dicen el Tiburón y volví de la chingada.

Parecería muy ofensivo, pero no creo que ningún mortal, terrícola y mexicano haya escapado de manos de la chingada, del lugar de la chingada, del placer de mandar a la chingada, de la chingada en todas sus presentaciones; envuelta en regalo, en cápsulas, en botellas, en back pack, en pepsilindro, en chocolate, en flip- top, en despedidas de aeropuertos, en noches lluviosas, en tardes grises y como no, en besos de última hora.

El trabajo que venía desempeñando era un envoltorio de la miseria. Mi jefe, un hombre calvo y con barba de chino mandarín, era un habitante de la chingada y ciudadano modelo. Nadie lo respetaba y todos lo llamaban señor Miagi. Hacía las veces de espía del gerente general de la difusora y portavoz del las súplicas de los empleados de a pie, como yo. Una rata así, no podría encajar en ningún lado medianamente exitoso, pero era necesaria para las organizaciones paranoicas a las que había venido representando sin desperdicio.

Había pensado muchas veces que mi trabajo era una porquería y que pronto esa peste llegaría a sobornar a mi vida privada, y acabaría jubilado, en el mismo sitio y con cáncer en un testículo, pero le había tomado cariño. Entonces comencé a desear que fuera el último día en el que me presentaba a trabajar con el señor Miagi

No era así de simple. De los pensamientos a los hechos siempre se asoma el charcho de la chingada. Por más que me esforzaba en cometer estupideces, en llenar de barbaridades los programas de radio, en colmar de lugares comunes el escenario para incomodar poco a poco, esa actitud parecía gustarle de más y abonaba estrellas a mi desempeño, como si estuviera en los planes de la organización. Entonces apliqué la estrategia inversa. Comencé a llegar puntual, a editar con calidad mis productos, a proponer ideas, a programar música. Fueron dos semanas en las que la maquinaria funcionó como reloj japonés.

Mi vida privada, en cambio no. Cada vez menos tiempo para mis actividades de ocio. Mi novia me veía como bicho raro. La llevaba a cubrir guardias en la cabina, a tomar cerveza en la zona de controles y a hacer el amor en el despacho del señor Miagi. Todo con afán de que esa maquinaria no se descarrilara, porque le había tomado sabor y mi plan parecía surtir efecto. Como todo buen mamarracho, soplón y rata de la gerencia, envió sus reportes explicando que era sospechoso, que no se explicaba el cambio de conducta. Mi cambio de actitud rayaba en lo peligroso, artero, chambista. Suponía que mis intenciones no eran piadosas; seguro pediría un aumento de sueldo, un puesto boyante o una carrera administrativa de competencia. Entonces llegó la que sería mi suplente. Una anciana adicta al botox. Pelo teñido de rubio, feminista irredenta. Incompetente de profesión y vida hipotecada, para más señas, buena amiga de farra de la gerente de turno. A la sazón mi plan comenzaba a echar raíces. La anciana se lo tomó con calma. Metió su nariz a todos los rincones por donde creía encontrar mis aspiraciones profesionales como chocolates en una caja de cristal. Se afanó en hablar mal de mí y en corroborar que estaba tramando un plan para crecer dentro de la empresa con estrategias para destronar a mis superiores. La vieja tenía sus mañas acedadas con los años.

Cuando llegó el día. La gerencia general me indicó que rescindía mis servicios porque no me tenía confianza. El boleto a la chingada estaba caminando en puente de plata. Las fronteras del mundo se borraron en una explosión que en principio me asustó. Pisé la tierra de la chingada como quien pisa una gelatina con los pies descalzos. Miré en forma panorámica los rastrojos humanos que habitan la chingada y que no han regresado a falta de brújula o de sentido común. Vi la calva de Miagi y el rostro palurdo de la anciana.

Para mí la chingada no fue exactamente un lugar parecido al averno, ni el sitio horrendo que describen los sobrevivientes de ese territorio; la chingada fue mi liberación. Entonces comencé el camino de vuelta…