Bernalejo

Llegó el sábado y por la mañana nadie se ponía de acuerdo dónde podía derrapar las llantas Antonella. Ella estaba lista, nosotros estábamos confusos. Afuera, en la plaza de San Fernando escurría una hilera de turistas de fin de semana que disfrutan las momias y las charamuscas. Todo evidenciaba que iba a ser un sábado más con la ciudad colapsada con turistas perdidos.

Era un sábado que no íbamos a resistir enmohecidos en la casa con los turistas como moscas cantando la música de los tríos y bebiendo a ritmo de cielito lindo. De frente teníamos opciones ordinarias. Pero allí, en el fondo de mi memoria estaba escondido un plan que iría a ocupar de pronto la mejor opción para escaparnos del Guanajuato charamusquero. Merit había conseguido un volante con la publicidad de un sitio llamado Echologic; en el campo, en un sitio llamado Comanja de Corona. Pues bien. Visitamos la página web e hicimos una llamada. Marina, la propietaria nos atendió amablemente y nos dio una tarifa muy económica, que nos decidió de inmediato a reservar un lugar.

Hicimos las maletas. Y arrancamos con dirección a León. Salimos rumbo a sierra de Lobos y a unos pocos kilómetros estaba la desviación hacia Comanja de Corona, ya en el Estado de Jalisco. Internarse en el paisaje de árboles añejos y nopaleras en deslinde de las propiedades resulta un agazajo para la mirada atenta. Dejamos atrás la mancha urbana de León que desapareció cuando entramos de lleno a una carretera nueva y excelente, de unos 14 kilómetros que nos deslizó hasta Comanja de Corona.

Atravesamos el poblado siguiendo los anuncios de Echologic para internarnos a una camino de terracería. Una vez que avanzamos tres kilómetros y medio una gran roca que dominaba el paisaje arisco y amarillo nos dejó con la boca abierta. Allí, a las faldas de la gran mancha pétrea estaba el lugar.

Natalia y Sara estaban ansiosas por llegar. El camino, aunque corto (84 kilómetros desde Guanajuato, lo que significa una hora y quince minutos de trayecto) les produjo muchas expectativas. A mi también. Porque nunca he predicado en el púlpito de lo ecológico; visitar un sitio con las reglas muy claras de la ecología es adentrarse en una forma novedosa de entender el entorno y de entendernos desde una perspectiva que siempre nos rebasará: la naturaleza.

Bajamos de la camioneta y un par de perros nos fueron a saludar. Un pastor Alemán y un faldero de pelo blanco. A lo lejos vimos las caballerizas y una pequeña granja. Del otro lado, un sembradío de alfalfa y en construcción un invernadero. La gran piedra al frente era enigmática, una protuberancia caprichosa del paisaje. Ya de cerca pudimos ver una cruz de madera pintada de blanco en el punto más alto del peñón. Todos queríamos conquistar esa cima. Lo mejor era ir a caballo.

No demoramos en hacer los trámites para ingresar a la habitación y pronto estábamos listos para un paseo a caballo: A Natalia y a mi nos tocó el  El mezcal, un caballo azabache de mediana alzada. A Merit y a Sara, les tocó Mariposa. Una yegua mansa que domaron de inmediato.

Me apee en Mezcal y subí a Natalia. El animal comenzó a andar sin control. Tiré del freno, pero era inútil. Dio unos pasos más rápido y comenzó a levantarse en dos patas, con aplomo y decisión quería tumbarnos de un reparo. El empleado del lugar, con los ojos bien abiertos, me pedía que le pasara a Natalia. Comenzó el descontrol. La bestia no obedecía, daba pasos cortos, giraba el cuello con violencia, sacudía la cabeza. El hombre trató sin efecto, de controlar con el freno los movimientos cada vez más iracundos de Mezcal. En ese momento sólo quería bajar a Natalia del caballo.

Jalé del freno y sentí de nuevo la fuerza del rocín que lejos de detenerse por completo, empujaba con sus patas traseras hacia arriba… fue cuestión de un segundo;  el caballo se detuvo y enseguida bajé a Natalia de la montura. Dio algunas zancadas y cuando consiguió mantener la horizontal, me desmonté del caballo y todo quedó en eso. Un gran susto. El animal estaba manso. Nadie podía explicar la reacción de su furia. Ni el empleado, ni el hijo del caballerango que sabía de animales.

Merit, que había visto todo desde Mariposa, decidió que fuéramos al peñón a pie. Todos dijimos que si. El hijo del caballerago que se llama Jorge se ofreció a llevarnos.

Para llegar al peñón anduvimos un camino de tierra floja, que se eleva en una pendiente regular. Al conquistar la planicie de cerro, vimos como se desenvolvía la roca que salía del suelo. Por fin, en la cima, vino la primera historia de la cruz. -Pusieron aquí la cruz para que ya no vinieran las brujas- dijo el pequeño de doce años con una seguridad que me asustó.

–Es que volaban del cerro de allá hasta aquí– Concluyó la historia cuando bajaba el dedo que había señalado un lugar indefinido de la cordillera que separa los límites estatales de Guanajuato y Jalisco.

Un viento lacio y pesado, nos movía de nuestro centro. Regresamos por otro lugar que sólo las chivas pueden sortear sin problema.

Cuando regresamos a la cabaña, nos ofrecieron agua de limón, clorofila y menta. Acabamos con la jarra de una ronda. Las niñas quisieron quedarse el resto de la tarde en la tina de hidromasaje entre el paisaje rural que nos coronaba y nos devoraba. El tiempo transcurría pesadamente. El calor estaba abatido por un viento que iba acelerándose conforme caía la noche.  Tocó a la puerta el empleado del lugar y nos invitó a un concierto de jazz por la noche. Bueno. Jazz. Aceptamos. Natalia y Sara discutieron por las camas de la litera. Natalia queda arriba. Sara Abajo. Cada detalle, desde el jabón hasta el sistema hidráulico tiene tecnología para cuidar la naturaleza; sistema de captación de agua, rejillas solares, procesos de reciclaje, autoconsumo etc.

Ya de noche fuimos a cenar. El viento arreció. Era fresco entre las horneadas de calor que venían de la tierra caliente. Entonces conocimos a Marina, la dueña del lugar que nos recomendó hacer otras actividades para el día siguiente. Nos dijo que el temazcal sólo lo trabajaba un chamán. Un chamán que vivía cerca de allí.

En el pórtico de la recepción estaba un invitado al concierto. Residía en Bernalejo, un poblado a 3,5 km de donde estábamos; lo que quería decir, que la cabaña pertenecía a ese lugar. Bernalejo. Entonces nos contó la segunda versión de la cruz en la roca. Habían puesto la cruz en la peña, no para espantar a las brujas, que sí las había por esos lugares, sino para espantar al diablo. A los niños les decían que por las brujas, pero que no, allí el diablo iba y se sentaba en la roca y  los pies le colgaban hasta las faldas del cerro donde no crecían ni huizachez. Cuando el padre de la iglesia de Comanja puso la cruz, el demonio no volvió a sentarse en ese especie de trono y comenzó a reverdecer la zona con matorrales y nopales.

Esa historia la dijo más serio que el hijo del caballerango.

Y yo le creí.

Comenzó la música y el vino. La experiencia es sobrecogedora. El manto de estrellas tapizaba el domo donde tres jóvenes tocaban un jazz despilfarrado y líquido. Una música aterciopelada fluía hasta la inmensidad de una naturaleza infinita.

Amanecimos con los cantos de los gallos. Fuimos a caminar hasta Bernalejo entre escenas oníricas de Gabriel Figueroa. Natalia y Sara caminaron jugueteando con los dogos de la finca que nos acompañaron hasta  la iglesia de la localidad. Al regresar, nos esperaba un desayuno de huevos, enchiladas y jugo de naranja, todo, con un toque especial de la granja de Echologics. Pasamos por un masaje y reiki. Cuando le tocó el turno a Merit, mis hijas y yo fuimos a montar a la yegua Mariposa. Nos contaron que Mezcal, tenía una herida en el lomo que al momento de subirme a la silla, le molesté la costra y sólo deseaba que me quitara de encima. Pero que “era mansito”. Mis hijas cabalgaron juntas alrededor del sembradío de alfalfa y nos detuvimos en la pequeña granja. El caballerango nos ofreció de regalo un conejo silvestre. Imposible, con cinco gatos en casa, sería una presa fácil. Mis hijas me concedieron la razón. Vimos a las gallinas ponedoras debajo de un manto. Vimos un pato, y tres gallos muy cantadores que seguían el kikiriki de media mañana.

Sólo nos aguardaba la visita a la mina de Comanja. Nos avisaron que la guía nos esperaba en el cruce entre Comanja de Corona y la mina del Horcón. Recogimos a la guía: Ana. Una mujer que sabía lo que era la migración a Estados Unidos pero que había vuelto a la patria. Una persona  inteligente y amable que nos indicó las salvedades del clima, la orografía y las ventajas  de vivir allí.

Subimos una montaña en un camino peliagudo, áspero, lleno de piedra floja hasta que quedamos frente a la entrada a la mina. Ana nos proveyó de lámparas y nos llevó a las cavernas de una mina que está en exploración, pero en el abandono total. Poco interés para quien es de Guanajuato. Salimos de las venas de la tierra con lodo en los zapatos y nos trepamos en Antonella. El viaje había llegado a su fin.

Y respiramos convencidos de haber vencido al turismo charamusquero de Guanajuato, el campo sació nuestras expectativas sobre y se cumplió lo que una vez dijo Jules Renard al referirse a sus viajes: Comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad.

Merit y mis hijas siempre quieren volver y eso es buen síntoma.

Una vez dijo Jules Renard al referirse a sus viajes: "Comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad."