Ricardo dice:

Nací un 3 de abril de 1973 en la ciudad de León, a la orilla del Eje, en un hospital que ya no existe; al paso de los primeros días en la cuna, mi abuela me miró con sus brillantes ojos verdes y no tuvo más remedio que llevarme a vivir a Guanajuato, y desde entonces esa ciudad me atrapó para siempre. Soy hijo de Epigmenio y Ana; el hijo menor, el tercero y el último, el que cerró la cuenta de los García Muñoz. Esposo, amante y novio de Merit que conocí una noche en el Jardín Unión, bajo la constelación de Aries. Oficio de tiempo completo como padre orgulloso de un par de niñas: Natalia y Sara. He escrito varios libros de cuentos: Autorretratos al portador, Alevosía, Horterada, 1973, Bitácoras de Sitio, Aleja de mí tu espada, Ficcionalia, Con tan poquita fe. Gané un par de becas estatales y una nacional que me permitieron seguir contando cuentos, pero el trabajo de comer lo he repartido como cantinero en un bar subterráneo, saca borrachos, comerciante, director de radio, maestro universitario, editor de revistas y libros, realizador de video e investigador de documentales. En el camino me he ganado dos premios nacionales: El Fernando Benítez de Periodismo en radio y El Efrén Hernández en el año del bicentenario. También cuelgan, altivos y en la soledad de la egoteca otras menciones especiales. Una de finalista en un premio de novela y otra en uno de cuento. Me gusta correr, las artes marciales mixtas, los gatos negros, el futbol, los viajes, el café y el cine. No me gusta la música estridente, hacer relecturas, ni filas; las aglomeraciones, ni el arte contemporáneo, jamás leo ni veo, algo que advierta “basado en una historia real”. Desde chavo quise contar historias y comencé a llenar libretas Scribe con ideas de lo que yo pensaba eran retratos al portador. Supe que funcionaban cuando me renté para escribir cartas de amor para las novias de mis amigos y las chicas acababan enamoradas de ellos y supe también que dolían cuando lanzaba cartas como dardos envenenados para terminar el idilio. Y ya, en el ocaso de la adolescencia me decidí a contar historias sin seriedad. Entonces, el pasatiempo se convirtió en oficio. En esta profesión aprendí que el resultado final, luego de varias jornadas de trabajo, desvelos, horas frente al ordenador(incluso años), lecturas, revisiones y un largo camino solitario, aparece la obra literaria como un trabajo que nadie pidió y a pesar de todo, queremos, con honestidad y respeto, ofrecerla al prójimo.

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